Porfirio Díaz conoció a Carmen Romero Rubio en una recepción en la embajada estadounidense poco tiempo después de haber quedado viudo tras la muerte de su esposa Delfina Ortega. En esa ocasión acordaron que ella le enseñaría a hablar inglés, y fue ahí donde comenzaron a conocerse y a tratarse. Un año y medio después, el 6 de noviembre de 1881 se estarían casando en la Iglesia de la Profesa.
"Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo. Comprendo que sin una imperdonable presunción no puedo esperar que el ánimo de usted pase otro tanto y por eso no se lo pregunto; pero creo que en un corazón bueno, virgen y presidido de una clara inteligencia como la de usted puede germinar ese generoso sentimiento, siempre que sea un caballero el que lo cultive y sepa amar tan leal, sincera y absolutamente como usted merece y yo lo hago ya casi de un modo inconsciente. [...] si usted me dice que debo prescindir no necesita usted decirme por qué, yo siempre juzgaré poderosas su razones e hijas de una prudente meditación."
Carmen Romero Rubio nació el 20 de enero de 1864 en Tula, Tamaulipas, en el seno de una familia muy acaudalada. Fueron sus padres Manuel Romero Rubio, abogado lerdista, y Agustina Castelló. Tenía dos hermanas, Sofía y María Luisa. Su padrino de bautizo fue Sebastián Lerdo de Tejada, quién fue Presidente de México después del fallecimiento de Benito Juárez.
Hay varios aspectos muy interesantes de esta pareja: El primero, que en nuestras épocas suena hasta un poco escandaloso, que cuando contrajeron matrimonio, Porfirio tenía 51 años y Carmen sólo 17. El segundo es que siendo ella una mujer muy refinada, con una elevada educación y con virtudes propias del ideal femenino de la alta sociedad del siglo XIX: dulce, recatada, hermosa y buena católica, podía ser para Porfirio, hombre de armas que había vivido en un contexto duro y ausencia de etiqueta, un puente con la élite económica de la época. Por último, el lado político de la relación: Manuel Romero Rubio, el padre de Carmen, siendo Secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno de Lerdo de Tejada, había sido sin duda un adversario político de Porfirio Diaz, y había tenido que salir exiliado del país tras la rebelión de Tuxtepec, movimiento encabezado por este último, que impidió la reelección de Lerdo de Tejada y que lo llevó a tomar el poder. Después del matrimonio de su hija con Porfirio Díaz, Don Manuel Romero Rubio sería Secretario de Gobernación en el gobierno porfirista durante casi 11 años.
Carmen Romero Rubio fue, según Mons. Guillow, la causante de la sorprendente evolución de Don Porfirio. Y es que la dulce Carmelita pretendió cambiarle al fiero y mestizo general hasta el color de la piel mediante la aplicación en la cara de una sustancia a base de arroz. Ella y su padre significaron piezas transcendentes en el nuevo orden que se constituía en México, acercando a Don Porfirio a los acaudalados de la época, a los aristócratas terratenientes y a la Iglesia, grupos de conservadores que veían en el guerrero liberal y masón a un enemigo. Y hubo más: de la oficina de abogados de Don Manuel Romero Rubio salieron muchos de los llamados "científicos" y entre ellos Don José Yves Limantour, "el mago de las finanzas del porfiriato". Se dice que Don Porfirio, al casarse con aquella jovencita, le había advertido que sería la reina de su hogar, a ella le entregaría íntegro su sueldo y ella dispondría todo, mandaría sobre él y sobre sus tres hijos: Amada, Luz y Porfirio; pero que en su vida como político no tendría que intervenir ni pedir cuentas. Pero esta advertencia, en el caso de haber existido, quedó pequeña frente a lo que Carmelita podía hacer por el presidente y su régimen. Sus refinadas maneras cautivaban en los salones y le daban a Don Porfirio un aire adicional, que también necesitaba para parecer lo que quería aparentar: el primer hombre de México por "legítimo derecho". Otro tanto hacían las obras asistenciales que la digna esposa del presidente patrocinaba. Por esto, Doña Carmelita fue "el corazón del porfiriato" y para algunos historiadores la figura estelar de la reconciliación de los dos Méxicos, el conservador y el liberal, que habían estado cruentamente enfrentados por amargos periodos, que impidieron el desarrollo que se vivió en los tiempos de Don Porfirio.
Doña Carmelita supo cumplir con precisión y dedicación su trabajo como Primera Dama por tres décadas, asistiendo a eventos como la colocación de la primera piedra de alguna construcción o de alguna obra pública. Asistió a actos de tipo religioso, cívico y cultural. Formó y presidió juntas de socorro cuando algún accidente conmovía a la opinión pública y emprendió obras de beneficencia, como mandar construir una casa cuna anexa al templo de San Agustín y obsequiarles una casa a monjas francesas para que fundaran su comunidad. Tuvo gran influencia en el desarrollo de la cultura y las artes, que dieron al México de entonces un gran impulso e imagen ante el exterior.
Doña Carmelita acompañó a su esposo en su destierro a Francia en 1911. Vivieron en París y viajaron juntos por varios países europeos y por Egipto. Después de la muerte del general, se quedó unos años en Francia viviendo del dinero que le dejaban sus propiedades en México. En 1931, Carmen Romero Rubio decide retornar a la Ciudad de México, donde 13 años después muere a los ochenta años de edad, el 25 de junio de 1944.


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