Ver Roma me ha traído recuerdos de cuando yo fui un niño en un hogar en donde había otros muchos afectos además de los de mi familia.
Por otro lado, en últimas semanas, y no solo por la película sino por el cambio de gobierno, he visto y escuchado noticias sobre el tema del trato justo al personal doméstico, tema que desde luego me parece importante y necesario que entre en discusión y acciones.
No quisiera narrar mi experiencia personal como ese niño que fui, y menos después de ver como alguien, con la maestría de Alfonso Cuarón, puede hacer una historia de familia, con tanta sensibilidad, respeto, arte y tantísimas cualidades. Pero sí compartir algunas reflexiones que me han rondado en la mente. Al menos en mi caso y en el de muchas personas a mi alrededor que me lo han transmitido, es evidente el lazo que formamos en nuestra infancia con “las muchachas” de la casa, y tal vez también como en mi caso, con personas externas a ella que hacían alguna labor, como el chofer, el jardinero, el zapatero, que por cierto guardaba todos los días su cajones con nosotros; y hasta el señor que traía las tortillas en su bicicleta. De varios de ellos me acuerdo con cariño de su nombre, su personalidad y su forma de hablar. Formaron todos ellos una parte en mi vida.
El trabajo doméstico, en la forma en que lo conocemos aquí, es una realidad que no solo se vive en México, sino en muchas partes del mundo en donde hay diferencia de clases sociales. Aunque el mundo tiende a ser cada día más igualitario, el fenómeno de las grandes migraciones de países pobres a países ricos que vemos todos los días en las noticias es intenso. Tanta gente que deja su país donde no consigue trabajo o hay una gran inseguridad, para llegar a otro, donde habiendo menos diferencias entre sus habitantes, ellos se hacen atractivos para hacer el trabajo que sus empleadores gustosos dejan de hacer, pagándoles algo. Esto ha sucedido por muchos siglos y ha configurado y reconfigurado la estructura social de los países.
Los lazos que se crean con la gente que trabaja en casa, cruzan las fronteras sociales y crean importantes relaciones de dependencia, no solo físicas o materiales, sino también afectivas y emocionales. Un maravilloso ejemplo de esto es Don Quijote y Sancho Panza.
Recuerdo que hace mucho una amistad que vivió muchos años en Nueva York, me platicó que había conocido en esa ciudad, a una señora que había tenido por largo tiempo empleada a una mujer que iba durante el día a su departamento a hacer el trabajo de limpieza. Ambas mujeres no imaginaban la vida una sin la otra y se tenían mucho cariño, pero en lo económico, llevaban una relación perversa: La empleada, lo sabía la patrona, le robaba dinero directo de su bolsa de cuando en cuando, pero la patrona no se atrevía a llamarle la atención y menos a despedirla. Entonces ella, de cuando en cuando se cobraba robándole a la empleada también directamente de la suya, el dinero que notaba que le iba faltado. Por años así había sido su relación. Puede sonar ridículo, pero es un poco lo mismo que dice aquello de “Tu haces como que trabajas y yo hago como que te pago”.
En el trabajo doméstico, siempre sabe mucho más el empleado acerca del empleador, que viceversa. Es frecuente que la muchacha de la casa sepa cosas muy importantes en la vida de sus patrones, que ni la familia de estos sabe. En cambio, La señora, el señor o los niños, normalmente no saben nada acerca de su personal doméstico. En ROMA, Cuarón muestra lo que pudo averiguar ya pasados los años, acerca de la vida personal de “Cleo”, Liboria Rodriguez en la realidad, y eso es un valor importante en la película, que nos hace ver lo poco que sabemos de esa gente tan cercana a nosotros.Celebro que alguien y más que sea un mexicano, haya hecho una película que ya es famosa en el mundo entero, donde se rinde honor, no solo a esas personas que son tan importantes en nuestras vidas y en nuestro proceso de socialización, sino también honor a ese lazo en donde hay respeto y cariño entre un empleado y sus patrones, independientemente de su origen y clase social. Celebro que nos invite a conocer más a las personas que trabajan para nosotros y a procurar ser un factor que enriquezca su vida, no solo de manera material.
Todo empieza por el respeto. Según leo la palabra “respeto” viene del latín respectus derivado de respicere ‘mirar atrás’, compuesto de “re”, indicador de movimiento hacia atrás o vuelta a un estado anterior, y specere ‘mirar’. Respeto, yo interpreto, es “volver a mirar”, no quedarse con la primera mirada que hacemos sobre algo, revisar la primera idea que nos hacemos de algo y volver a mirarlo.










